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La educación en tiempos de miedo: reflexiones docentes

  • Foto del escritor: Frids Gonzales
    Frids Gonzales
  • 6 oct 2025
  • 4 min de lectura

En las últimas semanas, el país ha vuelto a estremecerse ante el crecimiento desbordado de la delincuencia y la extorsión. Las calles, antes espacios de convivencia, se han transformado en territorios de incertidumbre. En medio de esta creciente crisis, los docentes, directivos, padres y estudiantes siguen cumpliendo su rutina diaria: abrir la escuela, ingresar al aula, continuar enseñando y aprendiendo… aunque el miedo también haya tomado su lugar. La inseguridad ya no es un tema ajeno a la educación. Hoy, afecta la forma en que los niños y adolescentes se relacionan, el ánimo de los maestros, la confianza de los padres y la salud emocional de toda la comunidad educativa. Las amenazas, los robos y las noticias de violencia no solo impactan en la seguridad física, sino también en la seguridad emocional, ese componente invisible pero esencial para aprender y convivir.


El miedo como realidad pedagógica

El miedo es una emoción legítima, pero cuando se convierte en un estado permanente, bloquea la capacidad de pensar, crear y soñar. En la década del 70 del siglo pasado, Paulo Freire advertía que “la educación es un acto de amor y, por tanto, un acto de valor”; enseñar en medio del miedo exige precisamente ese valor: mantener viva la esperanza pedagógica cuando el entorno social la asfixia. Muchos docentes hoy enfrentan aulas donde la violencia doméstica, las pandillas, la falta de límites o la desesperanza son parte del contexto. Enseñar en tales condiciones demanda una nueva sensibilidad: la de comprender que, antes de transmitir conocimientos, hay que reconstruir la confianza. La educación, en tiempos de miedo, no puede limitarse a cumplir el currículo; debe ser también un espacio terapéutico y ético donde los estudiantes sientan que la escuela los cuida, los escucha y los defiende.


La escuela como refugio y resistencia

En sociedades fracturadas como la nuestra, la escuela es uno de los pocos espacios donde aún es posible reconstruir la comunidad. El aula se convierte en un microcosmos de un país diverso, complejo, pero también lleno de potencial. Frente al miedo, la respuesta no debe ser el cierre ni el silencio, sino la resistencia pedagógica, concepto que  tiene sus raíces en la pedagogía crítica de Paulo Freire, quien afirmaba que enseñar no es un acto neutro, sino por el contrario es una práctica educativa crítica que se opone a toda forma de opresión, injusticia o deshumanización, manteniendo la educación como un acto de libertad, dignidad y esperanza.


Bajo esta premisa, los directivos tienen la tarea de proteger ese espacio simbólico que es la escuela; los docentes, de convertir el conocimiento en herramienta para entender la realidad y no para evadirla; los padres, de fortalecer la comunicación y el acompañamiento; y los estudiantes, de aprender a convivir con empatía y respeto. Cada actor educativo, desde su rol, puede ser un agente de paz. El pedagogo colombiano Julián De Zubiría (2017) sostiene que “la escuela no solo educa para el mundo, sino también contra el mundo cuando este se vuelve injusto”. En esa línea, las aulas peruanas deben ser lugares de resistencia moral frente a la cultura de la violencia y la impunidad. Allí donde el miedo paraliza, la educación debe movilizar.


Educar desde la ternura: una respuesta pedagógica

La ternura —concepto a veces subestimado en la práctica docente— es hoy un acto político. Educar desde la ternura implica reconocer el dolor ajeno, validar las emociones y enseñar que la dignidad humana vale más que cualquier poder o dinero. Es la base de lo que Humberto Maturana llamó la biología del amor, entendida como la capacidad de reconocer al otro como legítimo otro en la convivencia. En este sentido, los directivos y  docentes nos convertimos en mediadores de esperanza. Nuestras palabras, tono, mirada y gestos son tan importantes como los contenidos que enseñamos y los espacios que gestionamos. Un saludo cálido, una conversación empática o una actividad colaborativa pueden ser pequeñas semillas de resiliencia frente al entorno hostil. Educar desde la ternura no es debilidad; es una forma de resistencia ética.


La situación actual exige un replanteamiento del sentido de la educación: necesitamos pasar de una pedagogía de la instrucción a una pedagogía del cuidado. Cuidar implica proteger, pero también formar en la responsabilidad del cuidado mutuo. Como señala Joan Tronto (1993), “cuidar es una actividad que sostiene la vida y la posibilita”. En otras palabras, educar es cuidar la humanidad de los otros. Esto supone políticas educativas sensibles a la salud mental de docentes y estudiantes, programas de mediación escolar, y sobre todo, un liderazgo educativo que coloque la ética y la convivencia en el centro. No basta con aumentar cámaras o reforzar cercos perimetrales; la verdadera seguridad comienza cuando los niños sienten que pertenecen a una comunidad que los respeta y los valora.


A pesar del panorama sombrío, la educación sigue siendo el último bastión de esperanza. Cada maestro que entra al aula, cada familia que confía en la escuela y cada estudiante que sueña con un futuro distinto representan un acto de resistencia frente al caos. El miedo, cuando se enfrenta con educación, se convierte en motor de cambio. Como dijo Freire, “nadie educa a nadie, nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan entre sí, mediatizados por el mundo”. Y si el mundo hoy está dominado por el miedo, entonces educar significa reaprender a vivir sin él, reconstruyendo la confianza en la humanidad y en la palabra. La educación, más que nunca, tiene la responsabilidad de recordarnos que el país no está perdido mientras haya escuelas que sigan enseñando con amor, coraje y esperanza.


 
 
 

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